Siempre me ha gustado viajar, siempre aprendo de las diferentes culturas con las que interactuar, siempre guardo minutos y horas para disfrutar del arte allí donde pernocto y siempre me gusta aprender y abrir mi mente, para crecer, en cada país que me acoge.
Y por supuesto, uno que es viajero profesional, le gusta cargar sus maletas, bolsas y mochilas de experiencias.
Hace años conocí en una exposición a Eduardo Urculo, artista nacido en el País Vasco y que tuvo que trasladarse con sus padres a la Asturias minera para subsistir.
Su obra del viajero en la estación de Atocha es genial, realizada en 1991 y con millones de fotografías en su currículum y la obra que vi en Fuerteventura, el Equipaje de Ultramar, es simplemente espectacular.
Hace solo meses conocí la obra de Bruno Catalano, de familia italiana, nacido en Marruecos y adoptado en Marsella, ya con nacionalidad francesa. La primera obra suya la disfrute en la Bienal de Venecia y la última en su ciudad de adopción, Marsella. Toda su obra son de figuras inacabadas, donde los inmigrantes con sus maletas, son los protagonistas.
Ambos son genios, artistas; ambos han tenido necesidades en su infancia; ambos han tenido que emigrar para sobrevivir y ambos tienen las maletas en sus mentes y las utilizan en sus obras y ambos me han enamorado con sus obras.
Al ser viajero, estoy identificado con su obra, pues en cada país cojo una semilla, ficticiamente, para meterla en mi mochila y cultivar mi alma con las experiencias vividas.





